Ciento once dibujos toman prestada del surrealismo la técnica de la escritura automática, inspirándose en una amplia gama de experiencias culturales que, en muchos casos, se remontan a la infancia. Recuerdos televisivos en su mayor parte, otros alimentados por cómics, cosas vistas, leídas u oídas fuera de la pequeña pantalla, acompañan a instantáneas de historias en las que escenas memorizadas resurgen y se mezclan al capricho de inspiraciones espontáneas que la mano plasma con un trazo preciso y firme sobre el papel. Resultado de un ejercicio sostenido, esta curiosa producción ditirámbica es fruto de una disciplina que el artista se ha impuesto hasta alcanzar un total de cien, más diez, más un dibujo, que reproducen imágenes acumuladas día a día entre la conciencia y el subconsciente. Esta práctica regular garantiza a su autor una especie de autonomía sistémica autorreguladora que lo abstrae de las dinámicas comunes. Recordemos que todo artista mantiene un diálogo constante con su obra, que se interpone entre él y el mundo en el que esta se inspira. A excepción de algunos dibujos poblados únicamente por animales, la mayoría muestran a personas solas o en compañía de sus semejantes. Uno de los puntos en común de casi todos los dibujos aquí reunidos es, efectivamente, poner en escena a seres vivos captados en situaciones generalmente infantiles y lúdicas, a menudo irreales, incluso insólitas.